María Magela Demarco

Nací en el ‘76. Mi infancia transcurrió entre Zárate, Campana y la Ciudad de Buenos Aires. Crecí escuchando cuentos e historias narradas que alimentaron mi amor por los libros. Estudié Periodismo en la UCES y ejercí mi profesión en distintos medios. Cuando nació mi hijo Tobías empecé a escribir para los más peques. “Sola en el bosque” nació con nosotras. De nuestras vivencias en la infancia y preadolescencia. Y aunque habíamos crecido, todavía, durante algunas noches asomaba el lobo. Más tarde me fui cruzando con otras compañeras de ruta que habían tenido que atravesar situaciones parecidas, diferentes o mucho peores. Pero que estaban de pie para poder contarlo. Gritarlo a los cuatro vientos. Y hasta denunciarlo. Vivimos en carne propia el silencio nuestro y ajeno. Las cicatrices que quedan en el cuerpo y en la psiquis. Por eso sentimos que era tiempo de contar nuestra historia –y la de tantas– y quizás ayudar a que otras se animen a hablar. Y, a los más grandes, a estar receptivos y atentos a lo que tienen para decir o callar las niñas y los niños. La historia se sumerge en una problemática silenciada por generaciones. Es un tema ríspido, fuerte, que incomoda, que enoja, que duele, sobre todo que duele. Creo que cuando empezamos a hablar y a nombrar lo sucedido comenzamos a reparar el daño causado. Liberar la palabra es el primer paso para liberar el cuerpo, el alma y la mente. Debemos cuidar las infancias porque es ahí donde comienza todo. Por eso, hoy decidimos no callar más y gritar: ¡Fuera lobo!


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